Dos mujeres que están solas y no lo saben. O no quieren saberlo. Un espacio reducido. Una llamada por llegar. Pequeños incidentes de la vida cotidiana devenidos en problemas terribles e incógnitas indescifrables. Gloria y Amanda sólo se tienen a ellas mismas pero parecen no darse cuenta de ello. Tal vez todo sea una gran mentira. O casi todo.
La puesta en escena de esta obra tuvo su concepción durante el proceso de
escritura. Ésta reproduce la idea de minimalismo: remite a una instalación,
dentro de la cual están insertos dos personajes. Un texto superpuesto en
contraposición con una puesta escenográfica despojada. La desteatralización
de la cotidianeidad. Un lugar incierto, muy blanco, donde dos personajes
circulan y se apropian de este espacio indefinido. Un halo intempestivo y
rígido marca sus movimientos, en la totalidad de un espacio en el que todo
detalle está sumamente cuidado y elegido ocupando un lugar específico en su
forma y función. Un teléfono, otro protragonista de la historia. Una vara de
flores, único objeto manipulable, con la capacidad de transformarse en una
caricia, un arma peligrosa, una palabra no dicha, un pensamiento. Una puesta
minimalista interceptada con actuaciones no naturalistas ni realistas: el
extrañamiento de lo común.
Todo está a la vista: lo escondido toma dimensión y nos sumerje en la
profundidad de querer ver lo que no se quiere mostrar.
Despierta curiosidad saber el origen de esta pieza, de la que son autoras y protagonistas Carla Vidal y Maru Sussini. ¿Hechos autobiográficos? ¿Situaciones cotidianas llevadas hasta el extremo de la ridiculez? ¿Amigas desequilibradas que las han tenido horas al teléfono contándoles sus problemas? No se sabe, pero lo cierto es que estas dos talentosas mujeres han creado una sucesión de diálogos esquizoides entre dos amigas, que hacen que la platea femenina se sienta profundamente identificada, cosa que confirman las risas cómplices del público. Dos situaciones amorosas truncas las harán dar cuenta de que sólo se tienen la una a la otra, con sus diferencias, sus manías, sus miedos, sus traumas y sus defectos. Lo que gusta de la obra -y a veces resulta difícil de lograr- es la homogeneidad de la performance de las actrices: las interpretaciones de ambas son excelentes, siguiendo una misma línea de utilización del espacio, de los silencios y del cuerpo. El vestuario idéntico también contribuye a crear una sensación de simbiosis y -pese a que físicamente no son parecidas- terminan dando la irmpresión de ser más bien dos hermanas que se reencuentran después de un largo tiempo de separación.La escenografía y la luz son minimalistas, pero la fuerza de las actuaciones suplen toda posibilidad de cansancio visual. Se destaca una versión completamente exótica del clásico de Aspen "Wicked game", que acompaña uno de los momentos claves de la obra, en la que una de las protagonistas se enfrenta finalmente a ese llamado telefónico que tanto espera y a la vez no quiere recibir.